Mostrando entradas con la etiqueta Biología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Biología. Mostrar todas las entradas
- Corazón:
- Riñón:
Read More …
- Riñón:
Las flores ya no huelen tanto como hace un par de siglos. Eso creen los científicos de la Universidad de Virginia, en Estados Unidos.
Sin embargo, las flores hoy huelen menos no precisamente por que su fragancia sea menor sino porque no llega a nuestro olfato de igual manera. Su olor se muere por el camino. Es decir, las sustancias aromáticas de las flores se enlazan con mucha facilidad con otros compuestos químicos propios de la polución presente en el aire y pierden sus propiedades aromáticas.
Según los cálculos de los científicos en el siglo XIX, por ejemplo, cuando el ambiente no estaban tan lleno de polución como hoy en día, las moléculas que producen el olor en la flores viajaban desde la flor en el aire unos 1.000 ó 1.200 metros hasta llegar a nuestra nariz. Sin embargo hoy no llegan a recorrer unos escasos 300 metros.
El hecho de que las flores no huelan no es algo tan trivial como que no podamos disfrutar de su dulce aroma si nos alejamos unos metros sino que es un serio trastorno para los insectos. La sustancias aromáticas son las que les indican dónde están las flores. Son señales que les llevan hasta el preciado manjar.
Ellos se alimentan de néctar, lo necesitan para vivir y esto, creen los firmantes del estudio, es una posible explicación a la disminución de algunos insectos polinizadores como las abejas.
Y no solo eso, el néctar sirve para atraer a estos insectos para que transportan polen (el pegado en su cuerpo hasta otra flor y les ayude así reproducirse. Así que la polución también disminuye el número de plantas.
Read More …
Sin embargo, las flores hoy huelen menos no precisamente por que su fragancia sea menor sino porque no llega a nuestro olfato de igual manera. Su olor se muere por el camino. Es decir, las sustancias aromáticas de las flores se enlazan con mucha facilidad con otros compuestos químicos propios de la polución presente en el aire y pierden sus propiedades aromáticas.
Según los cálculos de los científicos en el siglo XIX, por ejemplo, cuando el ambiente no estaban tan lleno de polución como hoy en día, las moléculas que producen el olor en la flores viajaban desde la flor en el aire unos 1.000 ó 1.200 metros hasta llegar a nuestra nariz. Sin embargo hoy no llegan a recorrer unos escasos 300 metros.
El hecho de que las flores no huelan no es algo tan trivial como que no podamos disfrutar de su dulce aroma si nos alejamos unos metros sino que es un serio trastorno para los insectos. La sustancias aromáticas son las que les indican dónde están las flores. Son señales que les llevan hasta el preciado manjar.
Ellos se alimentan de néctar, lo necesitan para vivir y esto, creen los firmantes del estudio, es una posible explicación a la disminución de algunos insectos polinizadores como las abejas.
Y no solo eso, el néctar sirve para atraer a estos insectos para que transportan polen (el pegado en su cuerpo hasta otra flor y les ayude así reproducirse. Así que la polución también disminuye el número de plantas.
Unos 300.000 años atrás, los humanos se adaptaron genéticamente para ser capaces de producir cantidades significativas de los ácidos grasos omega-3 y omega-6. Esta adaptación pudo ser crucial para el desarrollo de la capacidad cerebral única de los humanos modernos.
El cerebro y el sistema nervioso humanos contienen grandes cantidades de ácidos grasos poliinsaturados, y estos son esenciales para el desarrollo y funcionamiento del cerebro. Estos ácidos grasos omega-3 y omega-6 sólo aparecen en grandes cantidades en pocos alimentos, como por ejemplo en los pescados grasos. Nuestros cuerpos también producen estos importantes ácidos grasos a partir de determinados aceites vegetales.
El equipo de Adam Ameur y Ulf Gyllensten, de la Universidad de Uppsala en Suecia, ha examinado a fondo los genes de dos enzimas clave necesarias para producir los ácidos grasos omega-3 y omega-6 a partir de aceites vegetales. Estos investigadores han comprobado que los humanos tenemos una variante genética única que posibilita una mayor producción. Esta adaptación genética para producir mayor cantidad de ácidos grasos omega-3 y omega-6 sólo está presente en el Ser Humano y no en chimpancés, gorilas, y monos rhesus, nuestros parientes evolutivos vivos más cercanos. Tampoco poseyeron esta variante genética los neandertales ni los homínidos de la Caverna Denisova (nuestros parientes evolutivos extintos más cercanos aparte de los neandertales).
La capacidad cerebral de los humanos modernos no tiene precedentes. (Imagen: NASA)
Esta adaptación genética para una producción más eficiente de omega-3 y omega-6 a partir de aceites vegetales se desarrolló en África hace unos 300.000 años, dentro de la línea evolutiva que condujo a los humanos modernos, y probablemente ha sido a lo largo de la historia un factor importante para la supervivencia humana en ambientes con acceso limitado a comida que tuviera ácidos grasos.
Durante la evolución inicial de los humanos, cuando había un déficit general de energía, esta variante hizo posible que nuestros antepasados pudieran obtener la cantidad de ácidos grasos poliinsaturados necesaria para la gran capacidad cerebral que caracteriza a la especie humana.
Con las actuales condiciones de vida en las naciones industrializadas, donde la escasez de comida ya no es una amenaza generalizada como sí lo fue a menudo en el pasado de la especie, esta adaptación genética contribuye en muchas personas con dietas inadecuadas a generar un mayor riesgo de desarrollar trastornos tales como enfermedades cardiovasculares.
Se ha comprobado en un estudio reciente que un pequeño gusano marino es capaz de nutrirse a partir de procesos bacterianos que usan monóxido de carbono y sulfuro de hidrógeno como materias primas.
El insólito gusano, Olavius algarvensis, puede prosperar con estas sustancias, que son venenos para bastantes formas de vida, gracias a los millones de bacterias simbióticas que viven bajo su piel. Ellas usan la energía del monóxido de carbono y del sulfuro de hidrógeno de un modo que genera nutrientes de los que puede subsistir el gusano.
Los simbiontes hacen esto de un modo comparable a como las plantas fijan dióxido de carbono en carbohidratos, pero en vez de usar la energía de la luz solar como los vegetales, los simbiontes emplean la energía de compuestos químicos como el monóxido de carbono. Lo hacen con tanta eficacia, que el gusano ha perdido ya todo su sistema digestivo, incluyendo la boca y el intestino, durante el transcurso de su última fase evolutiva, y ahora se alimenta sólo a través de sus simbiontes.
La investigación la ha llevado a cabo un equipo de expertos del Instituto Max Planck para la Microbiología Marina en Bremen, y la Universidad de Greifswald, ambas instituciones en Alemania, junto con colegas en ese país y en Estados Unidos e Italia.
Tal como han comprobado Nicole Dubilier, Manuel Kleiner, Thomas Schweder y los demás autores del estudio, el monóxido de carbono y el sulfuro de hidrógeno, sin embargo, no son las únicas fuentes de energía de las que puede vivir este gusano. Algunas de las bacterias simbióticas en el gusano pueden valerse de hidrógeno y nutrientes orgánicos del entorno, incluso si sólo están presentes en pequeñas cantidades.
El Olavius algarvensis también tiene otros trucos bajo la manga que le permiten sobrevivir en su entorno pobre en nutrientes: A diferencia de la mayoría de los animales, que no son capaces de reciclar sus productos de desecho y deben excretarlos, el gusano puede volver a usarlos de nuevo gracias a sus microbios simbióticos. Los simbiontes son verdaderos maestros del reciclaje cuando se trata de aprovechar para sus propios fines productos que todavía contienen una gran cantidad de energía, pero que ya no son útiles para el gusano. Ésta es la razón por la que el gusano ha podido reducir no sólo su sistema digestivo, sino también su sistema excretor
Read More …
El insólito gusano, Olavius algarvensis, puede prosperar con estas sustancias, que son venenos para bastantes formas de vida, gracias a los millones de bacterias simbióticas que viven bajo su piel. Ellas usan la energía del monóxido de carbono y del sulfuro de hidrógeno de un modo que genera nutrientes de los que puede subsistir el gusano.
Los simbiontes hacen esto de un modo comparable a como las plantas fijan dióxido de carbono en carbohidratos, pero en vez de usar la energía de la luz solar como los vegetales, los simbiontes emplean la energía de compuestos químicos como el monóxido de carbono. Lo hacen con tanta eficacia, que el gusano ha perdido ya todo su sistema digestivo, incluyendo la boca y el intestino, durante el transcurso de su última fase evolutiva, y ahora se alimenta sólo a través de sus simbiontes.
La investigación la ha llevado a cabo un equipo de expertos del Instituto Max Planck para la Microbiología Marina en Bremen, y la Universidad de Greifswald, ambas instituciones en Alemania, junto con colegas en ese país y en Estados Unidos e Italia.
Tal como han comprobado Nicole Dubilier, Manuel Kleiner, Thomas Schweder y los demás autores del estudio, el monóxido de carbono y el sulfuro de hidrógeno, sin embargo, no son las únicas fuentes de energía de las que puede vivir este gusano. Algunas de las bacterias simbióticas en el gusano pueden valerse de hidrógeno y nutrientes orgánicos del entorno, incluso si sólo están presentes en pequeñas cantidades.
El Olavius algarvensis también tiene otros trucos bajo la manga que le permiten sobrevivir en su entorno pobre en nutrientes: A diferencia de la mayoría de los animales, que no son capaces de reciclar sus productos de desecho y deben excretarlos, el gusano puede volver a usarlos de nuevo gracias a sus microbios simbióticos. Los simbiontes son verdaderos maestros del reciclaje cuando se trata de aprovechar para sus propios fines productos que todavía contienen una gran cantidad de energía, pero que ya no son útiles para el gusano. Ésta es la razón por la que el gusano ha podido reducir no sólo su sistema digestivo, sino también su sistema excretor
Se ha descubierto que una serie de genes, sobre los que influyen el estrógeno (hormona sexual femenina) y la testosterona (hormona sexual masculina) controlan a su vez tipos específicos de conductas femeninas y masculinas en los ratones.
El equipo del Dr. Nirao Shah, de la Universidad de California en San Francisco, "desactivó" selectivamente varios de estos genes uno a uno y encontró que podía manipular conductas individuales en los ratones, como la libido, el deseo de entablar peleas, o la disposición a pasar más tiempo cuidando a las crías. Es decir que, a semejanza de una caja de distribución eléctrica con muchos interruptores, las conductas femenina y masculina están formadas en realidad por muchos comportamientos independientes.
Shah y sus colegas comprobaron que podían "desconectar" selectivamente algunas conductas masculinas, de modo que, por ejemplo, los machos continuaban peleando y marcando su territorio con normalidad pero dejaban de ejercer su conducta de apareamiento con las hembras. Asimismo, los científicos lograron modular conductas de las hembras para hacer que mantuvieran un interés activo en el sexo pero pasaran menos tiempo cuidando a sus crías, o viceversa.
El equipo de investigación cree que puede haber muchos más genes que sean regulados por hormonas sexuales y que, a su vez, controlen a otros componentes de las conductas masculina y femenina. Hay que plantearse, por tanto, que si se pueden descomponer las conductas masculina y femenina en componentes individuales, tal vez haya otras conductas complejas que de modo similar puedan ser descompuestas en componentes separados.
| Se ha logrado identificar genes que controlan por separado diversos aspectos de la conducta femenina y de la masculina |
Identificar de qué manera diferencias genéticas en nuestro cerebro son responsables de las diferencias en nuestra conducta puede ser también un punto de partida para determinar el mejor modo de abordar enfermedades mentales y alteraciones neurodegenerativas humanas en las que existe esa diferencia de género. Por ejemplo, el autismo masculino es cuatro veces más común que el femenino.
Algunos de los genes analizados en el nuevo estudio han sido identificados como implicados en varios trastornos humanos en los que hay una clara diferencia de incidencia según el género. No se hallarán a corto plazo todas las respuestas a estos trastornos tomando como base sólo a esta investigación, pero en el futuro, ésta sí podría ayudar a identificar mejores vías para tratar esos trastornos.
En la investigación también han trabajado Xiaohong Xu, Jennifer K. Coats, Cindy F. Yang, Amy Wang, Osama M. Ahmed y Maricruz Alvarado, todos de la Universidad de California en San Francisco, así como Tetsuro Izumi de la Universidad de Gunma en Maebashi, Japón.
Las bacterias magnetotácticas son microorganismos exóticos que se guían por el campo magnético de la Tierra. Poseen cadenas de cristales magnéticos, llamados magnetosomas, que les sirven como una brújula. Esta clase de bacterias se descubrió en 1970, y la comunidad científica no ha dejado de asombrarse ante este portento de que microorganismos relativamente simples sean capaces de orientarse mediante el campo magnético de la Tierra, como hacen algunas aves, insectos y animales marinos.
Ahora, unos científicos del Centro Nacional francés de Investigación Científica, la Universidad Pierre y Marie Curie en Francia, la de Aix-Marsella II en Francia, la Federal de Río de Janeiro en Brasil, la de Pannonia en Hungría, la de Nevada en Las Vegas, la Politécnica Estatal de California y el Laboratorio Ames, estas tres últimas instituciones en Estados Unidos, han identificado, aislado y cultivado un nuevo tipo de bacterias magnéticas que podrían conducir a la comunidad científica hacia nuevos avances en la biotecnología y la nanotecnología.
Las bacterias analizadas provienen de una laguna en el borde del parque natural del Valle de la Muerte, en Estados Unidos.
Aunque muchas bacterias productoras de magnetita pueden ser cultivadas y estudiadas con facilidad, el equipo de Dennis Bazylinski y Christopher Lefèvre ha conseguido por primera vez cultivar una especie microbiana productora de greigita. La greigita es un mineral compuesto básicamente por sulfuro de hierro y comparable en algunos aspectos a la magnetita, cuya composición es esencialmente óxido de hierro. La presencia de estos cristales magnéticos hace que las bacterias y sus magnetosomas sean útiles en la administración muy precisa de fármacos y en el diagnóstico mediante algunas técnicas de captación de imágenes.
| Valle de la Muerte |
La greigita puede ser superior a la magnetita en algunas aplicaciones debido a sus propiedades físicas y magnéticas ligeramente diferentes.
El equipo de investigación ha descubierto que la especie de bacteria, denominada provisionalmente BW-1, produce tanto greigita como magnetita.
Un examen detallado de su ADN ha revelado que la BW-1 tiene dos conjuntos de genes para los magnetosomas, a diferencia de otras bacterias, que producen un único mineral y tienen sólo un conjunto de genes de magnetosomas.
Esto sugiere que la producción de magnetita y greigita en la BW-1 está probablemente controlada por grupos distintos de genes. El hallazgo podría resultar de gran utilidad para la biotecnología y la nanotecnología.
Las bacterias productoras de greigita representan un nuevo grupo de bacterias reductoras de sulfato, no reconocido previamente, que "respiran" el compuesto en vez de oxígeno como hace la mayoría de los organismos vivos.
El aumento de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) en los mares trastorna el sistema nervioso de los peces y reduce sus posibilidades de supervivencia, advierte un estudio científico difundido en Australia. "La concentración de dióxido de carbono que se calcula habrá en los océanos a finales de siglo afectará la habilidad de los peces para oír, oler, moverse y escapar de los depredadores", afirmó el jefe del equipo investigador, Phillip Munday, del 'Centre of Excellence for Coral Reef Studies ARC' y la Universidad James Cook de Australia, según un comunicado de prensa.
Los océanos absorben cada año unas 2.300 millones de toneladas de CO2 producidas por el hombre, cantidad que producen un cambio en el mar como la acidificación del agua.
El equipo de científicos analizó durante varios años zonas marinas con grandes concentraciones de dióxido de carbono y el efecto que este tenía en bebés de peces de arrecife, como el pez payaso y la doncella amarilla, y los depredadores. Lo primero que descubrieron es que los pececillos perdían sentido del olfato, "lo que significa que les resultaba más difícil hallar atolones donde vivir o reconocer los olores que avisan de la presencia de un depredador", explicó Munday.Después se dieron cuenta que el siguiente sentido afectado fue el del oído y luego la habilidad para darse la vuelta, un movimiento importante para permanecer unidos y evitar ser víctima de los depredadores.
"Todo esto nos llevó a sospechar de que no se trataba solamente del daño a determinados sentidos, sino que la concentración de dióxido de carbono estaba afectando a todo el sistema nervioso central", apuntó el científico.
"Hemos establecido que no es simplemente la acidificación de los océanos lo que causa perturbaciones, como en el caso de los mariscos y plancton con esqueletos calcáreos, sino que es el CO2 disuelto lo que daña el sistema nervioso de los peces", afirmó Munday. El efecto del dióxido de carbono en los depredadores es mucho más suave, según el estudio publicado recientemente en la revista 'Nature' sobre Cambio Climático.
Una paleontóloga de la Universidad de Zaragoza, junto a dos investigadores estadounidenses, ha hallado nuevas causas de la extinción de los dinosaurios, entre otras especies, que se produjo en los océanos tras el impacto de un asteroide hace 65,5 millones de años. El estudio de la oscense Laia Alegret, profesora de Paleontología de la Universidad de Zaragoza y miembro del Instituto Universitario de Investigación en Ciencias Ambientales de Aragón (IUCA), demuestra que la fotosíntesis y la cadena alimenticia en los océanos se recuperaron mucho antes de lo que se creía.
Asimismo señala que una rápida acidificación de las aguas superficiales tras el impacto explicaría por qué muchas especies se extinguieron, mientras que otras que habitaban en los fondos oceánicos sobrevivieron, ha informado la Universidad de Zaragoza en un comunicado. El trabajo, en el que han participado dos investigadores de las universidades de Yale y Michigan, acaba de ser publicado en la revista científica estadounidense PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences).
En el mismo se analiza la gran extinción que se produjo hace 65,5 millones de años como consecuencia del impacto de un meteorito y queafectó a casi el 70 por ciento de las especies del planeta, como los dinosaurios, los mosasaurios (grandes reptiles marinos) o los ammonites (cefalópodos primitivos).
Aunque la causa de las extinciones está clara para los científicos, como es la de un impacto meteorítico en la península del Yucatán (México), según los autores de la investigación quedan preguntas por responder.
Entre otras, ¿por qué el impacto causó las extinciones de unos organismos y no de otros? Y, ¿cuáles fueron los mecanismos concretos que causaron las extinciones? Unas preguntas a las que se responden en el estudio liderado por Alegret, en el que se analizan en detalle las extinciones que tuvieron lugar en los océanos y se descartan los mecanismos más aceptados hasta el momento.
Las hipótesis clásicas se refieren a que, tras el impacto del asteroide, unagran cantidad de polvo y gases fue despedida a la atmósfera, bloqueando el paso de los rayos del sol. El oscurecimiento del planeta impediría que los productores primarios (las plantas en medios terrestres y, fundamentalmente, algas unicelulares en los océanos) realizaran la fotosíntesis. Partiendo de esta base, a finales del siglo pasado se propusieron varios modelos para explicar cómo un impacto meteorítico provocaría las extinciones en los océanos. Todos ellos implican un cese de la fotosíntesis durante un largo periodo de tiempo, de decenas a cientos de miles de años.
En el artículo publicado en PNAS se descarta el oscurecimiento del planeta como la principal causa de las extinciones, dado que no todos los microorganismos que realizaban la fotosíntesis sufrieron extinciones importantes, sólo los de conchas carbonatadas. En este sentido, los autores del estudio proponen que la principal causa de las extinciones en medios marinos se debió a la rápida acidificación de los océanos, es decir, al descenso del PH en las aguas, que duraría muy poco en términos geológicos (de meses a años) y tendría lugar únicamente en las aguas superficiales oceánicas.
Un hecho que explicaría la extinción masiva de numerosos organismos de conchas carbonatadas que flotan en las aguas superficiales (sus conchas de carbonato se disolverían al disminuir el pH), así como de los mosasaurios, grandes peces, y ammonites. Dado que la acidez de las aguas no llegaría a los fondos oceánicos, este modelo también explicaría la supervivencia de los organismos que habitan allí.
Se ha conseguido determinar el número de posibles decisiones que una célula individual puede tomar después de recibir información de su entorno, y, en esencia, son sólo dos. Sin embargo, conforme aumenta el número de células que trabajan juntas, también lo hace la capacidad de decisión del grupo. El estudio pionero en el que se ha hecho este hallazgo combina las matemáticas con experimentos en células vivas, para traducir el funcionamiento interno de la toma de decisiones de la célula en un lenguaje matemático universal, permitiendo que el procesamiento de información en las células sea comparado con el procesamiento de datos que tiene lugar en los ordenadores.
Esta nueva y llamativa investigación también demuestra por qué es ventajosa para las células la estrategia de cooperar entre ellas: Al formar parte de organismos multicelulares, logran superar su limitada capacidad de toma de decisiones. Cada célula interpreta una señal proveniente del entorno de una manera diferente. Pero si muchas células actúan juntas, generando así una respuesta colectiva, el resultado puede eliminar las diferencias en la interpretación de la señal, en tanto que refuerza los rasgos comunes de las respuestas. Un bit de información representa dos opciones: sí o no, encendido o apagado, o uno o cero en código binario, utilizado por los programas informáticos. Dos bits duplica la cantidad de opciones a cuatro, y así sucesivamente para cada bit agregado.
A fin de determinar cuántos bits de información tiene una célula para cada decisión, el equipo de Andre Levchenko, del Instituto Johns Hopkins para Ingeniería Celular, tuvo que medir una decisión biológica real en progreso. Los investigadores decidieron examinar los efectos de un conocido estimulante celular, una proteína llamada TNF, responsable de la activación de la respuesta inflamatoria en el cuerpo. Cuando las células detectan TNF en su superficie, transmiten un mensaje que envía una proteína mensajera al núcleo para activar los genes de la inflamación.
Conexión sináptica neuronal. (Ilustración: NIMH)
Los investigadores administraron distintas cantidades de TNF a células de ratón en placas de Petri, y luego determinaron si el mensajero llegó al núcleo. Acoplaron al mensajero un marcador luminoso, de modo que cuanto más grande fuese la cantidad de mensajero presente en el núcleo, más brillante se viera éste bajo el microscopio. Los investigadores utilizaron un programa informático para cuantificar el brillo del núcleo después de la adición de TNF, con lo que pudieron calcular que la respuesta de una sola célula era de 0,92 bits de información, lo que, esencialmente, permite dos decisiones posibles.
Los investigadores también examinaron la idea de que las células podrían responder colectivamente a estímulos para tomar decisiones en conjunto. Volvieron a cuantificar el brillo del núcleo en respuesta a la TNF, pero esta vez examinaron grupos de células. Encontraron que grupos de tan pocas células como 14 podían producir 1,8 bits de información, correspondientes a entre 3 y 4 diferentes decisiones posibles para el grupo. El hecho de que grupos de células puedan tomar más decisiones que células aisladas explicaría por qué ser multicelular es una opción provechosa en el mundo animal, y por qué las células a veces pueden lograr mucho más si trabajan juntas que si lo hacen por separado.
El hueso, en contra de lo que suele creerse, es una estructura con una enorme vitalidad. Las ideas preconcebidas que nos llevan a considerarlo como materia inerte, quizá surgen de la capacidad que los huesos posee de perdurar más allá de la muerte, cuando los demás tejidos corporales, en condiciones normales, ya han desaparecido.
Pero el hueso y concretamente el tejido óseo que lo forma, no sólo está vivo, sino que es uno de los tejidos más "vitales", de hecho conserva la capacidad embrionaria de regenerarse, en el pleno sentido de la palabra, es decir generarse a sí mismo nuevamente, capacidad sin embargo perdida por otros tejidos de cuya vitalidad no dudamos, como por ejemplo el tejido nervioso cerebral o el tejido muscular del corazón. La curación de las fracturas es una demostración práctica de esa gran vitalidad ósea. Es evidente que bajo ciertas circunstancias los huesos se rompen, pero si se ponen los medios adecuados, los propios huesos resuelven dichas roturas o fracturas, y pasado un cierto tiempo no existe cicatriz ósea que indique el percance ocurrido, lo cual no podemos decir de las heridas que sufrimos en la piel.
Los científicos han acumulado evidencias de que la caída de un meteorito, hace unos 65 millones de años, provocó una extinción masiva en el planeta que afectó a los dinosaurios y permitió que los mamíferos nos hiciéramos dueños de la superficie terrestres. Ahora, una nueva investigación, realizada en la Universidad de Colorado (EEUU), sugiere que los humildes gusanos fueron también de las primeras especies que triunfaron en tierra firme después de la catástrofe.
Hasta ahora, el llamado límite K-T, como se llama a los sedimentos el fin del Cretácico, se estudiaba como el momento en el que los mamíferos se hicieron con el control, con tan escasa biodiversidad botánica que proliferaron las plantas acuáticas oportunistas.
Las madrigueras en tres dimensiones se encontraron entre una capa de carbón y otra de roca en Dakota del Norte, donde Dean Pearson, del Pioneer Trails Regional Museum, lleva años estudiando el límite K-t. Los investigadores creen que aquellos gusanos se alimentaron de materia orgánica en descomposición.



